Igualdad
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¡No todo está perdido!

 

Por: C.P. América Xochitl Rojas Cruz | @AméricaRojas

 

El milagro más común que experimentamos los seres humanos es el nacimiento de una nueva vida, amén de las creencias, las religiones, los contextos sociales y económicos, las familias preparan su entorno para la llegada de un nuevo ser.

 

El bebe es rodeado de todo el amor y la protección que pueda bridársele y  se le prepara para que él pueda iniciar su propia vida.  Así, la construcción de su carácter está determinada por los valores inculcados, las vivencias de su seno familiar y las experiencias que obtiene de su entorno.

 

¿Pero qué pasa si esas vivencias no están enmarcadas en el cuidado, el amor y la protección?  ¿Qué pasa si sus experiencias están marcadas del insulto, la descalificación, el regaño constante, la exigencia y el castigo? Y más aún, ¿Qué pasa si los mecanismos disciplinadores (sic) llegan al maltrato, el abuso, la violencia física, emocional y psicológica?

 

Seguramente se ha escrito mucho sobre este tema que es muy importante y preocupante a nivel mundial y sobretodo dentro de nuestra sociedad mexicana, también sensible debido a que a pesar de que se han hecho intentos para erradicarlo, la realidad es que sigue incrementándose permanentemente, hoy en el periodo de confinamiento es aún más recurrente, me refiero a la VIOLENCIA INFANTIL. Un tema por demás doloroso, pero real.

 

México es el primer lugar en violencia física y homicidios de menores de 14 años, así también se destaca por la violencia y explotación sexuales y laboral.

 

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La violencia en sus diversas manifestaciones afecta a las niñas y niños en cualquier medio y clase social, pero principalmente en aquellas en la que son más vulnerables, por cuestión de abandono, marginación, discapacidad. Es inconcebible que los menores son violentados en un 90% por sus propios familiares y en sus propias casas, que viven en un seno familiar desintegrado y/o un medio social y cultural agreste.

 

Un niño cuando es violentado se daña emocionalmente y modifica su conducta y evidentemente sus acciones, dentro de él se crean heridas muy profundas que lo llenarán de ira, de enojo, de tristeza o frustración y su vida emocional no se verá satisfecha, con los consecuentes vacíos que durante el transcurso de su vida buscará la forma de llenarlos, y desafortunadamente será de la manera menos sana para su vida y reproduciendo los esquemas aprendidos.

 

Estos daños físicos, mentales, emocionales y espirituales se acompañan de innumerables problemas asociados a su desarrollo y su maduración, se tornan presas fáciles para el alcoholismo, la drogadicción, las relaciones destructivas, es decir, de adicciones y de incapacidad de relacionarse con su medio, son heridas emocionales, psicológicas y hasta físicas que no sanan con el tiempo, serán a la postre patrones inconscientes de comportamiento.

 

El niño que sufre esas heridas se trasforma en un ser resentido, miedoso, indeciso, desconfiado, inseguro, reprimido, introvertido, es decir lo hemos incapacitado para la vida, y en su etapa adulta se torna controlador, agresivo, manipulador, cobarde, y en la mayoría de los casos repite la violencia, es pues que pasa de victima en victimario.

 

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Es lógico entender que la niñez es el sector más vulnerable de nuestra sociedad, por eso tras los horrores de la guerra y las atrocidades cometidas contra infantes y sus familias, la ONU reconoció 10 derechos fundamentales de los niños: a la Vida, a la Alimentación, a la Educación, al Agua, a la Salud, a la Identidad, a la Libertad de Expresión, a la Protección, a la Recreación y Esparcimiento, a tener una familia.

 

Es así como ante la imposibilidad de los niños de auto defenderse los países deberán garantizarlos y consideran la violación a estos derechos a nivel penal, no obstante, la realidad actual es que la violación a los derechos de los niños es una de las más graves violaciones a los Derechos Humanos y se genera mayormente en casa y por parte de quienes son responsables de procurar su salud física, mental y emocional.

 

Si bien los niveles de violencia registrados hacia la población infantil hasta antes de la Pandemia eran alarmantes, los registros muestran el maltrato a pequeños y jóvenes por medio de la violencia física y psicológica, el abuso y explotación sexual y laboral, hasta homicidios. Sin embargo, es con el confinamiento derivado de la aparición del COVID 19, que se incrementa sustancialmente y muestra otras caras de la misma moneda, las tensiones familiares aumentaron producto del encierro y la falta de capacidad familiar y social de convivir en espacios reducidos y cero tolerancias a la monotonía diaria, con la gravedad de que las victimas están más tiempo en contacto con sus agresores e imposibilitados por escapar, denunciar o ser asistidos.

 

Las cifras durante esta pandemia aun no son acabadas pero los primeros reportes así lo demuestran, en una segunda entrega hablaremos de números comparativos.

 

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Sin embargo para dimensionar un poco el problema, el “Panorama Estadístico de Violencia contra Niñas y Niños y Adolescentes en México”, publicado por UNICEF en 2019 demuestra que la violencia en casa tiene una fuente más constante del 2 a 1 de parte de la madre que del padre, asimismo, que los rangos de edad más vulnerados son entre los 3 y 9 años, ocupando los más altos porcentajes la agresión psicológica y castigos físicos, ocupando entre el 45 y el 60% de las frecuencias, y esto es por igual a niños que a niñas, esto sin menoscabo del daño emocional.

 

Otro tipo de violencia la propina la sociedad, los medios de comunicación y nuestras preferencias culturales; los niños observan la ira bajo la forma de violencia en el cine y la televisión y bajo la forma de autoridad policial o militar. Oyen hablar de crímenes violentos y de guerra. Como resultado, se asustan y a menudo se fascinan cuando ellos mismos sienten ira. No es sorprendente que la ira sea como un monstruo agazapado que deba estarse constantemente aplastando, suprimiendo, desviando y evitando.

 

En este sentido, acompañado de alguien con experiencia en el trato con jóvenes, de preferencia con experiencia en el manejo de las emociones, se recomienda trabajar en cuatro etapas de la ira del niño:

 

1.- Darle métodos prácticos para expresar sus sentimientos de ira.

2.- Ayudarle a acercarse al verdadero sentimiento de ira que puede estar conteniendo y alentarlo a dar expresión emocional a esta ira.

3.- Darle la experiencia de ser verbalmente directo con sus sentimientos de ira: decir lo que necesita decir a la persona a quien necesita decírselo.

4.- Hablar con él sobre la ira: ¿Qué es? ¿Cómo la demuestra?, ¿Qué hace cuando la siente? ¿Cuándo y qué lo enfurece?

 

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A los niños les cuesta mucho expresar la ira. Las conductas antisociales (comportamientos que nuestro orden social establecido considera irritantes) no son expresiones directas de los sentimientos de ira, sino más bien la forma de evitar los verdaderos sentimientos. Dado que los sentimientos heridos son tan comúnmente sepultados bajo una capa de sentimientos de ira, es muy amenazador y difícil para los niños, y también para los adultos, traspasar la corteza de sentimientos de ira para permitir la plena expresión de los auténticos sentimientos subyacentes. Es más sencillo disipar la energía dando golpes, cometiendo actos de rebeldía o siendo sarcástico e indirecto en cualquier forma posible.

 

Hasta aquí solo un vistazo al fenómeno de la violencia infantil, sé que se quedan más preguntas que respuestas, así a veces se inicia con la solución.  Cuando nos cuestionamos es que estamos interesados en el tema y seguramente más en su resolutivo.  No existen respuestas simples a problemas tan complejos, se entrelazan la composición de las familias y sus valores, los sistemas de creencias sociales y culturales, los entornos políticos, los medios de comunicación, la educación, la voluntad institucional, las religiones, etc, etc, etc…

 

Es un problema complejo, pero por más complicado que sea, no podemos desatenderlo, está en juego la salud y la vida de esta y de las siguientes generaciones de niños y jóvenes.  Si podemos construir una nueva realidad, la playa más bella está integrada por pequeños granos de arena, es responsabilidad y tarea de todos.

 

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Sobre el autor del artículo.

América Rojas ha colaborado con grupos de autoayuda para la atención de las adicciones y erradicación de la violencia infantil y de género; ha colaborado con Organizaciones pro defensa de los derechos de la mujer y los niños; es Coordinadora de AyudaTe, A.C. dedicada la gestión de ayuda en favor de grupos vulnerables; es una convencida de que solo tenemos una oportunidad para hacer un mundo mejor para todos y esa es Hoy.

 

 

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