Culturales
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Portada: Palacio de Bellas Artes.

 

Por: Alejandro Teutli

 

Desde el gran proyecto cultural que encabezó el adalid de la intelectualidad mexicana, José Vasconcelos, en México, a partir del último tercio del siglo XX, las instituciones culturales a manos de sus tripulantes no han hecho más que caer en el abismo de la ineptitud. Lo anterior, desde luego, con grandes excepciones.

 

Prácticamente con la puesta en marcha de la visión vasconcelista, arranca un estrepitoso ascenso de la actividad cultural e intelectual en México, por un lado, y por otro, la construcción de una identidad de país. El cine, la música, la pintura mural, la danza, la arquitectura, la literatura, la poesía, se conjugan para conformar el andamiaje de lo que se convertirá en lo reconocible del país.

 

Lo que cabe destacar aquí, es que la mayor actividad cultural se concentraba en la capital (aún persiste, de otra forma, dicha tendencia). Desde luego, había algunos brotes en algunas ciudades como Guadalajara, Guanajuato, Zacatecas o Oaxaca, entre algunas más, que fueron cuna de grandes artistas, los cuales evidentemente partieron hacia otras latitudes para poder desarrollar su talento de manera plena.

 

Y mientras todo esto sucedía en la capital y otras ciudades, ¿qué pasaba en la ciudad de Puebla? La respuesta no tiene muchos rodeos: poco, casi nada, en términos serios. En plena ebullición cultural, a principios de los años veinte del siglo pasado, para precisar, en 1921, se funda en Puebla el movimiento conocido como «Estridentismo», que inicia el escritor Manuel Maples Arce, en compañía, entre otros, de Fermín Revueltas, Germán Cueto, Arqueles Vela y Germán List Arzubide (éste último, poblano);  dicho movimiento se mira afín al movimiento italiano conocido como «Futurismo», que tiene un manifiesto radical escrito por el poeta de ideología fascista Filippo Tommaso Marinetti.

 

Las figuras que aparecían en Puebla en el ámbito cultural, y sobre todo las que tenían visión y ambición, solían, como era costumbre en el resto del territorio, trasladarse a la Ciudad de México y, cuando era posible, daban el brinco hasta Europa, en donde se encontraba la mata del movimiento cultural occidental, que se trasladará a los Estados Unidos, específicamente a Nueva York, después de finalizar la Segunda Guerra Mundial.

 

Dando un enorme salto en el tiempo, y para seguir en el contexto poblano, y hablando de ello desde una perspectiva personal, recuerdo el caso del sexenio del gobernador Melquiades Morales, cuando fue secretario de cultura el escritor Pedro Ángel Palou García, hijo del primer secretario de cultura del estado y dos veces subsecretario, entre muchas cosas más. Es en este período de la Secretaria de Cultura de Puebla, que se vive una especie de «era dorada»; se detona el Festival Internacional de Puebla (FIP), que llegó a posicionarse como uno de los festivales culturales más importantes del país, junto con el hoy día cadavérico Festival Cervantino, que se celebra en al ciudad de Guanajuato; surge una nueva generación de artistas que, desde lo local, van a transformar el anquilosado panorama de las artes poblanas, en fin, que el mundo de la cultura se veía y se sentía más vivo que nunca. Hoy en día, contamos en Puebla con uno de los peores desastres culturales que se hayan visto. Con su inepto secretario de cultura, el antropólogo Julio Glockner, entrampado en el proyecto morenista que encabeza, también sea dicho de paso, uno de los gobernadores más «torpes» (por decirlo amablemente) que hemos padecido en este estado, sin mencionar a la fantasmagórica presidenta municipal, que para lo que ha servido es para llenar las vialidades de la ciudad de bolardos, con los cuales, se dice entre las sombras, ha hecho negocio (ojo, esto no es acusación, sólo es poner sobre la mesa lo que se comenta en ciertos círculos, la incompetencia y la actitud ausente, esas sí que constan).

 


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De ahí pa’l real, como decimos en México, el panorama cultural, no sólo en Puebla, sino en el país, se ha abandonado por la falta de interés, no solamente de los gobiernos y sus hordas de ineptos e ignorantes, sino por el desinterés de la propia población. Y esto, por lo que he podido leer y ver últimamente, es una situación que se generaliza en buena parte de países en Occidente.

 

El diagnóstico, vivimos en una crisis, no sólo de carácter económico y de salud, sino también cultural. Y esto, desde luego, lo vemos en primera instancia, en las instituciones dedicadas, supuestamente, a promover y preservar los bienes culturales y artísticos, que como he mencionado antes, ayudan a dar identidad a los pueblos, enriqueciendo con ello el panorama de la propia civilización.

 

¿Conclusión? Mientras los ciudadanos de a pie, los artistas y los que se dedican al mundo de la cultura, sean indiferentes hacia su herencia cultural y riqueza artística, continuaremos viendo como las sociedades se siguen deteriorando y vanalizando a niveles insalvables. ¿Y las instituciones culturales? En lo personal, he perdido la fe en los políticos profesionales, y si de ellos depende el futuro de las instituciones culturales, me declaro insuficiente para aportar una visión positiva al respecto. Vaya que espero, de todo corazón (aún que sé muy bien que esto no se trata de buenas intenciones) que el panorama de las instituciones culturales y de la propia sociedad, encuentren un modo de funcionar en equilibrio.

 

 


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