Enciclopedias
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Por: Diego Figueroa.

 

¿Quién no recuerda llegar a las casas de los amigos, tíos, conocidos o vecinos y ser imponentemente recibidos con colecciones completas de enciclopedias? Por aquellos años no había mejor inversión que el comprar a pagos una enciclopedia. Como olvidar aquel momento donde tocaban a la puerta y la respuesta casi casi en automático era – es el de la enciclopedia – uno de esos oficios guardados ya en los sarcófagos de la melancolía, junto a los ropavejeros, los veladores y sus silbatos, las apuestas con los merengueros o los últimos afiladores y sus bicicletas que hoy en día, son ya como rinocerontes blancos.

 

La colección de conocimiento tenía tantas formas, tantos apartados, tantos tomos, que, en efecto, sólo en las casas de las Lomas se podía observar la enciclopedia médica, histórica, universal y la joya de la corona, la única y deseada Británica. Ante poderoso equipo, no había trabajo escolar, proyecto universitario o postulado laboral que no encontrará paz, dentro de alguna de estas enciclopedias.

 

Solo aquellos de la vieja guardia, sabíamos que al terminar de comer, teníamos que sacar nuestras libretas, hacer una lista de las cosas a investigar y después, tal ficha de dominó, los tomos de las enciclopedias tenían que cumplir su función. Anotando fechas, definiciones, estados, características o ejemplos, la tarde se iba en bajar los tomos, apilarlos, usarlos y después, con sumo cuidado volverlos a su lugar – ¡y ay, de aquel que osara no ponerlos en orden! – porque no recuerdo bien que tipo de castigo uno recibía, pero en efecto, sin importar el lugar la consecuencia era la misma.

 

Entre “la palomilla”, una vez identificado aquel que tenía la mayor colección de Enciclopedias despertaba una avalancha de favores no pedidos siempre ofrecidos con miras a, que si algún día, uno de nosotros necesitaba – investigar algo – tendríamos acceso directo a esa fuente de poder y ahora que lo recuerdo, sí teníamos acceso a la información.  

 

Y lo menciono así, porque es sabido que el conocimiento es poder.

 


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Por aquellos años, la gran mayoría de los jóvenes se sabían el nombre de los Estados y sus respectivas capitales, los más pretenciosos hasta del continente europeo recitaban. En ámbitos locales, la geografía, clima, ríos, gentilicios, fechas y hasta los números telefónicos de nuestros amigos, eran recitados de memoria. Obviamente, no todos quizá menos de la mitad, pero el acervo cultural que se tenía “pese a las limitantes” ya sean culturales o sociales, honestamente se tenía. Claro que se tenía acceso a la información.

 

Sin ser extremos ni alejarnos más de épocas recientes y centrándonos en lo que era la cultura del momento, recuerdo perfectamente que por ahí de los años 80’s, mis amigos eran agendas telefónicas andantes. Otros eran conocidos por saberse las canciones en inglés de los grupos del momento e inclusive, escribir las letras de las mismas. Los actores del lejano Hollywood eran tan conocidos como los locales. No me pregunten cómo, pero el conocimiento era latente entre los de la generación, sin siquiera saber dónde se encontraban las cosas, el acceso a la información era palpable. 

 

Era un derroche de uso de memoria que a cualquier niño de hoy en día provocaría asombro y más, si se le hiciera mención que en esos años NO EXISTÍA EL INTERNET.

 

Afortunadamente yo nunca fui a escuelas privadas, siendo el resultado de la educación que daba el gobierno, con cariño recuerdo los dictados, los ejercicios de cálculo mental, los momentos de exposición de tema o la tanda de preguntas para poder sentarnos y así, con ese cálido recibimiento, iniciar las clases.

 

Por aquellos años el sentimiento de atraso que se vivía en México radicaba en la falta de información, en la escasez de medios informáticos que instruyesen y otorgaran una luz en toda esa sombra en la que se creía vivir. La generación de los años 40’s veneraba el estudio, no había mayor satisfacción que – ver a un licenciado titulado – esa era la fantasía familiar y el sueño de que los niños de aquel entonces iban a crecer en un mundo mayor informado, mejor instruido y sin limitantes a la información como todos habíamos crecido, pero…

 

Aquellos sueños de las personas nacidas en los años 50’s y 60’s ven sin poder explicar, cómo es posible que con una herramienta tan maravillosa como el internet los jóvenes de hoy en día no sean capaces de cocinarse un par de blanquillos sin antes  – ver un tutorial en internet –  de cómo quebrar un huevo.

 

Cómo se les puede explicar a esas personas que, en estos momentos, es imposible que alguien sepa de memoria más de 3 números telefónicos. En qué forma se les puede justificar que grupos como “Los Beatles” son percibidos como un individuo llamado “El Imagin”. Porque al cantar en inglés, su nombre artístico debe ser en inglés y debe ser un solo cantante. Ni rastro de que fuera un cuarteto.

 

En mi juventud por ahí de los años 80’s se nos amenazaba diciendo que existían personas “autodidactas” que eran capaz de devorar enciclopedias completas, que podían recitar todo de memoria y, que, si hubiera una afluencia mayor de conocimiento, esos autodidactas serían individuos muy peligrosos para los gobiernos. Han pasado ya más de 50 años de eso y aún sigo esperando ese movimiento revolucionario de Piratas Intelectuales que liberen a la gente, derroquen gobiernos corruptos y muestren la grandeza de vivir bajo las mieles del conocimiento.

 

Ejemplos de economía sustentable, de desarrollo ecológico urbano, de reciclaje autosuficiente en áreas urbanas, del estudio profundo sobre energía solar y eólica. Un impacto global como el que Islandia está desarrollando desde hace ya más de 20 años. 

 

Y conforme avanza la ciencia, pareciera que el libre albedrío y conocimiento humano va en retroceso, creando una dicotomía de saberes. Nos vendieron durante años y a generaciones que el acceso a la información era nuestra panacea. Pero lo que no vimos fue el efecto placebo que se nos estaba vendiendo.

 

En efecto, no hay que negar, no hay nada que ocultar y no se puede omitir que actualmente sí se tiene mayor acceso a la información, pero, es cuestión de soltar dos o tres preguntas de sentido común a los jóvenes de hoy en día y afirmar, que de nada sirvió tener “ese derecho”. 

 

Pareciera que nadie quiere ver todo lo que se está perdiendo, el camino que se va retrocediendo y las consecuencias de esta burbuja de consciencia social inexistente por temor a enfrentar a las nuevas generaciones y su tan llamada – estabilidad emocional – con la realidad que unos pocos no podemos evitar. Temas como estos se mantienen alejados de la mesa de discusión, honestamente yo no veo el dia donde se pueda llegar a discutir o será que una vez más, ya nadie quiere hacer nada por cambiar esta cruda realidad y aquellos de la vieja guardia, al vernos superados y sin respaldo alguno, preferimos seguir, solamente apuntando desde el exilio ubicado en la inmensidad de la red.

 

 


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3 comentarios en «“Se nos dijo que era el poco acceso a la información, en realidad, se nos mintió”»

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