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Portada: Jenny Saville, Autorretrato.

 

Por: Alejandro Teutli | @alejandroteutlie

 

A finales del siglo XIX Ortega y Gasset propone una diferencia entre el arte del pasado y el arte nuevo; el filósofo español nos dice que dicho arte nuevo “no es para todo el mundo, como el romántico, sino que va desde luego dirigido a una minoría especialmente dotada” Ortega y Gasset (1925).

 

Esta afirmación podría ponerse en tela de juicio, ya que no queda claro que el arte anterior o viejo realmente sea accesible para cualquier tipo de público. Así, la representación del cuerpo hasta el siglo XIX mantenía un punto de partida que compartía con el arte anterior, debido a que los pintores y escultores se apegan, todavía, a un modelo preexistente, aunque en el caso de algunos pintores como Lautrec, Van Gogh y, por encima de todos, Cézanne, empiezan a ver de modo distinto ese proceso tradicional que involucra al artista y su modelo. Esa relación tradicional de representar al modelo en el proceso pictórico queda puntualizada con lo que dice, nuevamente, Ortega y Gasset cuando apunta que: “El pintor tradicional hace un retrato que pretende haberse apoderado de la realidad de la persona cuando, en verdad y a lo sumo, ha dejado en el lienzo una esquemática selección caprichosamente decidida por su mente, de la infinitud que integra la persona real” (1925).

 

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Ortega y Gasset reflexiona, como hemos visto, acerca de cómo era mayoritariamente la relación del pintor con lo que pintaba dando la pauta para romper con esa visión unilateral que se circunscribe tan sólo a una de las posibilidades que abre la pintura hoy en día. Siguiendo con su idea es crucial entender lo que quiere decir el filósofo español al mencionar que un cuadro que renuncia a mostrarnos la realidad que el artista capta “se convertiría en lo que realmente es: un cuadro – una irrealidad” (1925) . Es ese sentido de irrealidad lo que concretamente puede mostrar un cuadro ante la mirada del espectador. Incluso cuando se observa un cuadro que pretende emular la realidad, no estamos más que ante una superficie bidimensional cubierta por determinada materia pictórica; sin embargo, dicha materia pictórica no es aplicada al azar porque el pintor debe decidir de qué manera va construyendo la composición que, en un sentido tradicional, genera la ilusión de una tercera dimensión en la bidimensionalidad del plano. En la opinión de Ortega y Gasset, las vanguardias detonan un aspecto fundamental en el objeto de la pintura, cuando se pasa de pintar las cosas a pintar las ideas (1925). Dentro de la pintura contemporánea este sentido de pintar ideas por fuerza está aunado al de pintar las cosas en relación a que hoy en día el artista que se expresa a través de la pintura no necesariamente deja en segundo plano a los objetos de la realidad a los que representa para exponer su visión del mundo o del arte mismo, incluyendo al propio cuerpo desnudo.

 

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Aspectos como la belleza y el erotismo entran en relación dentro de la representación del cuerpo desnudo en el arte de la pintura. Es necesario, primero, distinguir dos aspectos, que si bien tienen vinculación, suelen confundirse; por un lado la desnudez y, por el otro, el desnudo. John Berger retoma a Kenneth Clark acercándonos a este problema y hace la distinción pertinente: “Kenneth Clark afirma que estar desnudo es simplemente estar sin ropas, mientras que el desnudo es una forma de arte” (John Berger, 1972). El desnudo atiende a una forma de representación en la pintura que pasa por el tamiz de la personalidad que cada pintor imprime a su trabajo aunque la representación del desnudo en la pintura está vinculado también a criterios previos que han sido establecidos durante el recorrido histórico de dicha disciplina. Lo anterior implica que el desnudo en la pintura procede de cierta tradición artística (Gilles Deleuze 1969). Cuando se habla de la representación del cuerpo desnudo en la pintura se observa una objetivación del cuerpo que es representado. Ese cuerpo se toma como el objeto de estudio del artista para expresar una intención determinada que, como se ha mencionado, atiende a su personalidad e intereses particulares. La tradición occidental de la pintura al óleo, hecha exclusivamente por hombres, ha presentado al cuerpo femenino como su objeto de representación, el cual va dirigido al ojo del espectador, ese mismo que, por lo general, también ha sido masculino. Las figuras que pueblan las obras pictóricas de desnudos femeninos han estado dirigidas en su gran mayoría a la mirada del hombre; en otras palabras, la representación del desnudo de la mujer dentro de la pintura es resultado de la presencia del espectador masculino interesado en deleitar su vista. Y es precisamente en el acto de contemplar las pinturas que esos cuerpos desnudos cobran sentido. Dicho acto atiende siempre a un instante de tiempo determinado porque “el tiempo único de los cuerpos o estados de cosas es el presente”(1972) y ver una pintura no puede ser más que en un tiempo presente.

 

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Volviendo al asunto del cuerpo, diferentes enfoques pueden ser retomados por los pintores según sean sus intenciones. El artista trata de materializar una necesidad de expresión a través de su obra pero “ni el pintor ni el escultor expresan -según Nietzsche- la “idea” del hombre”. Sobre esta afirmación y en concordancia con ella, la posibilidad de que el artista pueda expresar la idea del hombre se materializa a través de la representación que va dirigida al sentido de la vista; es a través del ojo que como espectadores podemos acercarnos a un cuerpo desnudo que aparece ante nosotros como ilusión generada por el pintor en una superficie bidimensional porque en palabras del filósofo: “El arte plástico quiere hacer visibles los caracteres sobre la piel (…)”26 . La pintura de un cuerpo desnudo, sin dejar de ser una mera representación, nos acerca a una subjetividad que se define y se muestra ante nosotros. El desnudo se convierte en una afirmación de la naturaleza del propio cuerpo que puede simbolizar al cuerpo desnudo de cualquier sujeto-espectador que esté frente a la pintura en cuestión. De alguna manera, la representación en el cuadro confronta al que lo mira para mirar su propia desnudez, sin que esto quiera decir que la provocación que puede ser evidente en la pintura de un desnudo vaya más allá de un acercamiento puramente representativo y simbólico. 25 Friedrich Nietzsche, Humano, demasiado humano, p. 62.

 

En consecuencia, la contemplación de un cuadro, en particular la que atiende a la representación del desnudo, requiere que el sujeto-espectador esté alejado del mismo para que la ilusión de que un cuerpo o varios están ante su mirada, se cristalice. El pintor planifica su obra para que el espectador suponga colocarse a una cierta distancia de la pintura que se le presenta. El pintor de desnudos debe poseer un arduo entrenamiento para poder representar con eficacia al cuerpo humano y sobre todo de un estudio minucioso de la anatomía que exige una precisión, tanto del ojo del pintor, como de la mano que aplica la pintura sobre la superficie del cuadro. Cuando la técnica es adecuada el pintor puede acceder a la substancia de la expresión (Umberto Eco, 1973), que para el caso no sólo recae en la pura representación del desnudo sino en su cualidad expresiva. El proceso pictórico no varía mucho desde hace siglos pese al interés de muchos artistas de reinterpretar el cuerpo humano dentro de la pintura porque deben de recurrir primero a su capacidad de observación para una adecuada representación. Diversos son los ejemplos dentro de la historia del arte en los cuales se pueden encontrar un sinfín de particularidades en cuanto a la representación del desnudo siendo importante recalcar que “la concepción del artista independiente es un logro bastante tardío en la historia, tanto como lo es la del arte” (Alejandra Walzer, 2008). Es en el Renacimiento que esta independencia por parte del artista empieza a generarse hasta llegar a la concepción del artista moderno. Entre algunos de los pintores que alcanzan cierta independencia creativa para generar una obra con un carácter personalísimo, encontramos a Caravaggio, pasando por Rubens y Rembrandt, hasta llegar a Modigliani o Willem de Kooning. Dentro de los pintores contemporáneos encontramos a Jenny Saville, quien también es uno de esos casos en el que la pintura alcanza uno de sus puntos más altos respecto de la representación del cuerpo humano, dejando expuesto un modo realmente sui géneris de tratar el tema, cuando se pensaba que era, por decirlo menos, imposible descubrir alguna novedad en la pintura del desnudo.

 

Jenny Saville, Sin título.

 

 

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2 comentarios en «ARTE ➡ Pintura y desnudo.»

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