Artista
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Por: Alejandro Teutli. / @alejandroteutlie

 

Los artistas, dicen algunos, son seres dotados de algún tipo de talento sobrenatural que se manifiesta, en la mayoría de las ocasiones, a una temprana edad. Cuando Picasso decía que él no creía en las musas, pero que, por si acaso existiesen, optaba porque lo encontraran trabajando, no se refería a otra cosa que no fuera afirmar que en el arte el talento o la inspiración, no son de ninguna manera los factores determinantes para que alguien se desarrolle dentro de alguna de sus posibles manifestaciones; lo que realmente define a un artista, por talentoso o inspirado que sea, es su capacidad de trabajo, lo cual involucra muchos aspectos.

 

No se trata de trabajar incansablemente como un autómata sin tener una idea clara de lo que se quiere lograr o de lo que se intenta decir. No, el proceso en cuestión, involucra otros aspectos tales como la experiencia de vida del artista (muchas veces esa experiencia de vida que suele salir de lo ordinario), su bagaje cultural (esto incluye los libros que ha leído, el cine que ha visto, las exposiciones que ha visitado, a dónde ha viajado, vaya pues, hasta lo que ha comido y bebido), su disciplina de trabajo (esa figura del artista bohemio sin horarios ni restricciones no necesariamente conduce a alguien a algún sitio hoy día), y desde luego, un estudio profundo de todo lo que tiene que ver con su quehacer profesional, que involucra estar al día en cuanto a lo que se está haciendo en otro lados, y desde luego, lo que se hace en los lugares de donde suelen consolidarse artistas que se volverán el referente del arte de su tiempo.

 

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Otra cosa cabe mencionar aquí, sobre todo cuando se trata de alguna actividad artística que requiere de un dominio técnico considerable (no en todos los casos sucede; solo por mencionar un caso, se puede citar al arte llamado ahora neoconceptual, donde el proceso de culminación de la obra pasa a un plano menos relevante que en otras construcciones artísticas), retomando el hilo, lo que afirma Horacio Franco, uno de los flautistas más respetados de la actualidad y a quien ya he mencionado en otras ocasiones, dice que (parafraseando un poco): «entre más dominio técnico tenga un artista, más libre se vuelve». Esto lo podrían suscribir, a mi juicio, muchos músicos, pintores, danzarines y demás artistas interesados en desarrollar y pulir una técnica en su quehacer profesional.

 

Por otro lado, cortando un poco con los formalismos y pasando más bien a abrir la posibilidad a un sentido más romántico, incluso hasta poético, retomemos al malagueño Pablo Picasso quien también decía que «el día que encontrara lo que buscaba en el arte, ese día dejaría de pintar»; palabras interminables de un artista interminable.

 

Bajando a las profundidades de lo cotidiano, por doquier encontramos a muchas orgullosas madres (padres, desde luego pero, en menor medida) que siempre sacan a colación a su pequeño o pequeña que va a clases de pintura, de música, de ballet o cualquier cosa que se venga a la mente, muchas veces articulando frases como: «Su profesor dice que tiene mucho talento»; a veces es posible justificar dichas sentencias, pero, no siempre. Satisfechas por tan animosas palabras, asisten con un orgullo a flor de piel a las muestras de cualquier índole disciplinar dentro del mundo de las artes en las cuales las «pequeñas promesas del arte» participan.

 

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Pero, ¿qué pasa cuando esas chicas o chicos crecen, y así, sin más, deciden estudiar algo encaminado a las artes? Acaso podríamos decir que ese entusiasmo desbordado que aparece cuando todo se remite solamente a un pasatiempo o un juego y, en algunos casos, a caprichos de la niñez o a actividades momentáneas que llenan los tiempos muertos, se mantiene férreo e igual de latente cuando esas chicas o chicos comunican con la mayor de las alegrías a sus padres: «Mamá, papá, he decidido estudiar arte»; a continuación, como un rayo que cae en un bosque y deja tras de sí un eco que se cunde interminable por el espacio, da paso a un silencio casi espectral, seguido de la pregunta a la que parecen sentirse obligados los progenitores en muchos lados del tercer mundo: Pero, ¿de qué vas a vivir?, sin que pudiese faltar la emblemática frase que muchos acuñamos en nuestros recuerdos con letras de oro: «Te vas a morir de hambre» (pienso que solo los tontos o los, por una u otra razón, imposibilitados, se mueren de hambre).  Claro, pensemos que todo lo que se menciona se da en muchos casos, y más cuando hablamos de países en América Latina en donde la mayoría de la población apenas cubre sus necesidades básicas.

 

Todo lo anterior tiene su origen en la más tierna infancia; desde pequeños, nos instan a creer en el gordo de barbas blancas y de traje rojo, o en esos mal llamados «Reyes magos», que ni eran reyes, ni tampoco magos en el sentido que le damos hoy día a la palabra. No se diga la frase que rescató ese maravilloso nuevo PRI que encabezaba el poseedor de uno de los copetes más célebres (al parecer era lo más destacado en la cabeza del personaje), junto con la jauría de hambreados jóvenes que tenían a su cargo la renovación del hediondo partido en cuestión: «Querer es poder». Me niego a aceptar que esta clase de visiones se les sigan inculcando a cuantos hijos hay en casa y se termine reforzando en toda escuela pública y privada. Existen frases hechas que reflejan una limitada visión del mundo.

 

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Podríamos seguir enfrascados en el asunto casi indefinidamente, así que, por la salud mental de todos, incluida por supuesto la mía, pongamos una reflexión final sobre la mesa. Si bien es pertinente, podríamos decir que necesario, que los niños desarrollen su potencial involucrando alguna actividad artística en su quehacer, no significa que por mostrar cierta habilidad se asuma que hay un artista en potencia. En algunos casos, se podría sostener cuando se evidencia una temprana vocación, aunque, a decir verdad, tampoco esto es garantía de nada.

 

Por otro lado, el estudiar una carrera, sea cual sea, incluyendo el arte, no depende de lo mucho que nos llame la atención ni cuánto deseemos dedicarnos a una actividad específica. Es algo obligado, pienso, que antes de que demos un paso para estudiar cualquier cosa, tengamos una convicción firme que se sustente en posibilidades reales de poder hacerlo (lo que involucra haber investigado de qué trata, realmente, eso que pensamos estudiar, entre otras muchas cosas). Y el arte, en mi muy particular percepción, exige, dadas sus difíciles condiciones en la mayoría de los países, estar seguros al doble.

 

Con lo anterior, no es mi intención desalentar a nadie en sus aspiraciones de dedicarse al arte y estudiar en una licenciatura o academia especializada, pero sí, cuando menos, de poner algunas opiniones sobre la mesa que detonen discusiones y reflexiones necesarias para ir más preparados para lo que puede esperarnos al dedicar nuestra vida a algo como el arte, en donde, hoy por hoy, nadie tiene nada seguro.

 

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